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De la desocupación al descubrimiento |
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El descubrimiento arqueológico |
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Melquiades Richarte y Anacleto Álvarez vivían
en Machu Picchu, en medio del bosque y de las piedras.
Sembraban en la tierra fértil y llana, y sólo de vez en cuando
eran visitados por otros campesinos de las vecindades. En
realidad, a menos que fueran a visitar a Richarte y a Álvarez,
no tenía objeto dirigirse a este lugar perdido, de acceso duro
y agreste. Si bien había allí buena tierra para sembrar, había
que desmontarla de los árboles y de la tupida maleza que
cubría la escasa superficie plana visible.
Richarte y
Álvarez habían construido sus casas cerca del manantial, de
donde brotaba agua fresca que caía sobre el cerro. Sus mujeres
y sus hijos ayudaban en las faenas agrícolas, en el desyerbe y
en la limpieza de la acequia. En medio del monte había algunas
casas arruinadas, muy |
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antiguas, que ambos campesinos
habían tratado de ocupar porque estaban cerca de sus chacras
más amplias. Pero eran muy grandes y sólo fueron usadas
parcial y esporádicamente. Los niños eran quienes las
frecuentaban más.
Algunas veces estuvo a verles su
vecino Melchor Arteaga, quien vivía en Mandorpampa, y también
otros desde allá abajo. En realidad, cada visita era un
verdadero acontecimiento para los dos matrimonios. No había
propiamente un camino hacia Machu Picchu, pese a que en
tiempos antiguos sí hubo uno -al pie del cerro Wayna Picchu-
que se iniciaba muy cerca de Mandorpampa. Subir la empinada
montaña, cubierta de maleza y alimañas, con el piso barroso y
resbaladizo, entonces, sólo servía para visitar a las familias
Richarte y Álvarez, pues Machu Picchu no estaba en ruta a
ningún lugar. Cerca de Mandorpampa había un vado relativamente
bajo y antes de iniciar el ascenso había que cruzar el río
Urubamba, que rodeaba el cerro por tres lados. Finalmente,
había mucha niebla allá arriba, casi todo el año.
Un
día, el 24 de julio de 1911, Richarte y Álvarez recibieron la
visita de Melchor Arteaga, quien esa vez vino acompañado de un
forastero que dijo llamarse Hiram Bingham y de un sargento
Carrasco de la policía. Llegaron muy cansados y los campesinos
les dieron de beber y les ofrecieron descanso en sus chozas.
Pero el forastero no había ido a verlos a ellos; quería ver
las casas antiguas que estaban bajo el monte, cerca de sus
chacras. Arteaga le había dicho que allí había ruinas y se
había ofrecido de guía. Richarte encargó a su hijo que le
mostrara las casas y las cuevas donde él jugaba.
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